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Y sin embargo seguimos leyendo

Andan pitíos bulliciosos inspeccionando árboles resecos. Abejorros seduciendo malvas rosas. Azucenas amarillas vestidas para una licenciatura de estrellas. Las cerezas negras se deshidratan lentamente en los árboles. No hay suficientes pájaros que den cuenta de tanto festín. 

Hoy descendieron nubes japonesas. Aspersores de frescura humedecieron avellanos y mañíos. Atardeciendo un bote de agua coronó el Alico. Pasan camionetas pregonando cajones de tomates. Circula brisa con aroma a flor de castaño. Ríos y esteros arrastran la voluptuosidad del deshielo. Lo sabemos por el rumor de ogro que masculla a lo lejos. Los grillos abren su función a las once de la noche. Las ranas a medianoche.

Despejamos parte de las ruinas del incendio que consumió nuestra vieja casona. Levantamos palos para una nueva vivienda donde cobijar lo esencial. Perder mi biblioteca, mi bar de mentes lúcidas, las viejas fotografías irrecuperables, es quizá lo único que lamento en lo personal. Más me duele que se haya perdido el sueño de hogar pagado en cuotas por mi madre a lo largo de 40 años. El pasillo donde jugueteaba Tatón, el ordenado archivo de Romina y las únicas prendas nuevas de ropa con que pudo contar después de tanto esfuerzo mal pagado. El resto es una fruslería que se recupera, que se prescinde, que se omite para siempre. Al menos, y es un consuelo contradictorio, la vieja nave de adobe quedó descrita en mis letras, en dos libros, aunque no sé si endilgarle la posible inmortalidad, porque lo que no se lee también muere.  Digamos que hoy es un fantasma literario, un espíritu que aparece y desaparece, acicalado de nostalgia, acariciado por sol achicharrante, silueteado por luna perpleja, desfiladero de brisa y puelche visitado por todos los antepasados que alguna vez la habitaron.

Hemos vuelto a leer. Valdevenito supo captar la ausencia de letras de este circunstancial Fahrenheit y nos envió los primeros libros. Martín nos ha obsequiado una colección de Fontanarrosa. Gestos que valoro y agradezco. Serán los textos pioneros de la nueva biblioteca de Alejandría proyectada en el valle de Alico. Los libros también afloran desde la virtualidad como nubes recargadas de signos mágicos. Hoy simplemente Auster. Historias de sus auditores radiales que le llegaron desde cada rincón de Estados Unidos. Pálpitos de vida, amalgama de lo diverso, lo insólito y lo desquiciado, sufrimiento a raudales, humor y ternura. Las palabras en la radio se las lleva el viento. Por eso Auster decide seleccionar, para que la eternidad de la palabra escrita sirva como constancia de esas vidas que tramontaron el siglo como hojas navegando en río turbulento.

Probabilidad de tormenta

Noviembre trajo nubes grandilocuentes. San Fabián huele a flor de acacio. La tarde está nubosa. Levemente tibia. Hay probabilidad de tormenta. Romina ha horneado galletones de avena. Me ofrece un mate Playadito al pasar. Han asomado las primeras hojas en el esqueleto del cedrón. Se ha deprimido la ruda. Tanta lluvia ha dejado los huertos reblandecidos. El pozo rebosante. Intento despejar la maleza, tallos de rosas podados en junio, zarzamora recuperando su poderío, pero los guantes no me protegen de las espinas y debo abortar misión. Tendré que pasar por la ferretería de Abner. Tijeras, rastrillos y guantes de cabritilla. La casona está silenciosa. Alguien desconectó la emisora de las rancheras. Desde la ventana veo al gran gallo rojo rascarse las plumas sobre un tronco podrido de encino. Más arriba las primeras cerezas paloma tinturándose de rosados. Hierbo la tetera. Café caliente para espabilar. Hay poca luz adentro y afuera. Pongo Agnus Dei en los audífonos. Un libro al azar de Paul Auster, Un hombre en la oscuridad. La penumbra se sustenta en las horas, se obceca con los objetos, establece relaciones, y el sol que tanto persigo se me esfuma hasta en los recuerdos.

Aleteo lingüístico

Subo y bajo lomas salpicadas de avellanos, robles desnudos, ruquitas de zarzamora. Invierno celestino, gris conejo, violeta desgastado. El camino serpentea. Tordos operáticos sobre varas de acacio, perdices haciéndose las lesas. Asoman montañas con escasa nieve. El Chillán y el Longaví compitiendo por la perspectiva, por el cetro de oro, por el azul cian del cielo ñublensino. Hay bajadas donde no llega el sol, escarcha que voltea camiones, bosques de laureles, pudrideros de hojas. Es una descripción y un paralelismo. Mi vida se asoma y se desgasta, se enciende como una luciérnaga con cocaína y al momento se hunde en el pantano más profundo. Los días cobran un sentido periférico cuando sumo palabras. Es como resistirse a morir, un aleteo lingüístico. Las palabras se acumulan en un vertedero virtual cubierto de telarañas. Las contradicciones implícitas generan cortocircuitos, potenciales llamaradas, cenizas ilusorias. Lo sensato sería pensar que el disco duro morirá de muerte súbita, que no habrá caja negra ni detectives sonrosados escarbando entre tanta lujuria por defecto. Creo haber palpado el sentido de una nube en retirada y ese es mi triunfo y mi gran desdicha.

Absolución

Anochece octubre. La última noche. La lluvia que no cesa. El cementerio es territorio filosófico, memoria inflacionada con nudos en la garganta. Los espíritus de las matriarcas esperan su visita anual vestidas de ilusión. Los viejos inmortales de poncho humedecido se confunden con el vaho del crepúsculo primaveral, con el rumor del viento norte atravesando los cedros. Crepitan las gotas de lluvia en las hojas del castaño. Los chilcos danzan en el aire como veteranos del Bolshoi. Rechina el viejo portón de hierro. Alguien quiere que entres o te vayas. Esperamos el carromato de Mozart en esta ensaladera de cruces carcomidas. Al menos para agradecer su Requiem incompleto. Para tararear con voz alcohólica los sones de la marcha final. Estamos en paz. La absolución para tanto pecado imaginario la dará Onfray. La teoría de la relatividad de la vida nos espera en casa. 

Los días azules / Tordos en la niebla



Abril era para el barbecho. Direccionar bueyes. Romper terrones. Quemar malezas y raíces. Debíamos ayudar al despeje. Cortar la zarza, arrancar la ortiga, voltear el cardo, tirar las piedras para la orilla, rellenar los huecos de conejo. Tantos hombres, mujeres y niños haciendo lo mismo que San Fabián se azulaba. Cientos de cerritos de champa humeaban hacia un cielo musicalizado por golondrinas aleatorias. Como éramos pequeños, el duro terronaje que quedaba después del barbecho era nuestra serranía, cordillera hostil para tiuques flacos, colchón tibio para chanchos flojos, paraíso reseco para gallinas pirquineras que no encontraban ningún tesoro.

Llegábamos del colegio a comer lentejas con zapallo, papas con longaniza ahumada, estofado de jurel, pancutras con perejil o porotos con mote. Uno o dos platos, un pan amasado, medio jarrón de agua de pozo y de inmediato a trabajar. Usualmente lo hacíamos con gusto. Porque trabajar era también jugar, aprender, admirar, espantar chanchos alaracos y lanzarle hondazos a los peucos que husmeaban la mercancía desde la punta de los álamos amarillos.



Fotografía: © Jorge Muzam. Tomada a las siete de la mañana en un día cualquiera de abril. San Fabián, Región de Ñuble, Chile.

Compañero Onfray


Hay escritores que considero necesarios. Compañía de tramonte solar. Diálogos de sobremesa. Exposiciones tardías. Soliloquios de borracho madrugador. Entre ellos Joseph Roth y Nabokov. Bashevis Singer y James Joyce. Sánchez-Ostiz y Cerezal brindando con una copa de Malbec. Ferrufino y Cingolani como compañeros de batallón. Latido justiciero. Bibliotecólogos de Alejandría. Fusiles aceitados. Sombra trémula de hoja de bambú. Rodríguez de este lado de la colina. Y en especial Michel Onfray. Por libertad de pensamiento, por cultura amplia y puntillosa, de arriba y abajo. Por desconfianza de gato arrinconado hacia el halago. Academia medieval y sabiduría de sobrevivencia digerida de una forma absolutamente personal. Sin descontar el desdén hacia el institucionalismo ancestral, el resentimiento hacia las clases privilegiadas, asco hacia las derechas, poesía inevitable en la narración, reescribidores de la filosofía a partir de la extravagancia lingüística, el dolor personal, las llagas de época, la empatía por todos los hombres y mujeres que vivieron y murieron sin importarle a nadie más, oprimidos desde la cuna, avasallados por sistemas que no eligieron, pero que igual se deleitaron ante una luna musulmana, el primer sol de primavera, las estrellas viajeras que no concedieron ningún deseo, ante los hijos que nacieron y crecieron y murieron alimentados con un soplo de brisa.

La policía de la culpa

La noche fue de copas con el pintor Gutiérrez. Su cedazo mental puesto sobre la mesa sin pulir. San Fabián es su Arlés. Ha persistido en esta tierra pudiendo estar en el lago Victoria, en las ruinas jordanas, en las pagodas tailandesas. Tomamos fotografías de obras antiguas arrumbadas. El prisma del alma compleja que devuelve expresionismos australes.  

Llegamos tarde a casa. Atizo troncos funcionarios que no dan llama, que no cumplen su función. Se enfrían las manos. Intento escribir de madrugada. Las ranas están mudas. Los grillos afinando instrumento. Los perros sueñan con paraísos de rascaditas, supermercados de huesos, canillas de turistas. Un altavoz de borracho quedó encendido en la Villa Alico. Levanto la vista hacia el farol moribundo de la avenida. Siento estropeado el sentido de lo que iba a escribir. Preparo un café y respiro hondo. Me sale una maldición atea. Me quejo, no por mi, sino porque tengo una palabra atorada en la sien, mientras retumba un Despacito que la ametralla antes de que salga a la superficie. Es el asesinato del escritor, porque luego la ira del hombre ya no daña, ya no hiere, ya no apunta.

Romina me reprende como a un párvulo mimado. Dice que han pasado cosas peores en el mundo. Le digo que debe amarme como a un líder norcoreano, que no me cuestione o si no encontrará al segundo motivos para fusilarme. Mi neurosis se activa con los relojes presurosos. La vida en diapositivas. Las novelas que se piensan y no se escriben, que se las lleva el río, mientras un Graccus burlón me saca la lengua y toma selfies de su vagancia. La culpa se atora en la garganta, derriba ilusiones con más fuerza que el huracán Irma. Debí hacer lo que hizo la mayoría. El sendero de Frost desgarra el nido del dolor. Tomo un lápiz y escribo un poema que destruyo apenas lo termino. Poeta suicida. Agregar basura al universo. Chatarra lingüística. Tenemos a Keats y eso basta para la perpetuación de la belleza. Salgo a la penumbra a trozar troncos. La ira se disuelve en el valle encantado. Despiertan los pájaros. Las estrellas se apagan, se esconden, se duermen.

Septiembre sigue tan frío. La niebla bajó hasta el valle, niebla lechosa, entrometida, que convierte en bultillos difusos a los queltehues, en posibilidades musicales a los jilgueros del cableado.

Imagen: Ferdinand Hodler

Primo hermano del soldado Svejk

Soy un quiltro genético. La geografía mundial está enmarcada en mi iris. Mis arrugas tienen depresiones y altares, soles mesopotámicos. La llanura infinita de Gobi. Formaciones napoleónicas diseminadas por la estepa rusa. Raterillos de Dickens. Naranjales sicilianos. Polvillo argelino. Tengo incluso genes de personajes literarios. Primo hermano del buen soldado Svejk, de Alexander Portnoy, de Ignatius Reilly, sobrino de Franz Tunda, de Mrs Dalloway, bisnieto de Alonso Quijano. Soy hijo de una historia tumultuosa. Aunque las hazañas personales para ostentar no son muchas, y casi siempre celebradas en demasía con tinto barato. Me amaron más mujeres de las que merecí. No supe retribuir a tanto amor. La conciencia se ilumina a destiempo. Entiendes a Van Gogh cuando te alejas. Se acerca la nieve. Ennegrecerá los eucaliptos, derribará la flores del aromo, hará tiritar a los corderos pequeños. Se acerca azulosa, como llanura irlandesa de Joyce, no tendrá misericordia con albaricoques ni durazneros en flor.

Los perros dialogan a las ocho

Oscurece y la nieve se sigue acercando a las lomas bajas. Una blancura gris envuelve las montañas y las agiganta a medida que la noche se impone. Los perros dialogan a las ocho. Se adhieren a Mozart, a los budismos de Kim Ki Duc, al silencio mismo. Es el contrapunto crepuscular a la marcha de los días, al tic tac de la mente, al dolor de ir siempre en reversa. La tarde estuvo pródiga en lluvia. Un ventarrón del oeste estropeó la ventana que está justo bajo el encino. Cayeron estuches y abanicos. Siguen ahí mismo, como instalación artística de la desidia. Hubo tiempo de hojear Los palabristas de Hrabal. Miseria resignada. Vaho invernal. Pies azulosos de frío. La inclemencia al interior de los zapatos que nunca podrán repararse. Humor a pesar de la historia. Tal como en La patria de la electricidad, de Andréi Platónov. Es mejor marchar hacia la muerte como un payaso. Sonrisa estilosa. Guante blanco. Flor lila al pecho. La vida humana cabe en una carpa de circo. En un ataúd de mago. Las cosas nunca han sido demasiado serias. Se ha silenciado la noche. Se han callado los perros. No hay nada más que decirse por hoy, salvo soñar, rascarse pulgas insomnes o esperar el raleo de alguna nube que deje una estrella al desnudo.

Imagen: Bohumil Hrabal.

No hay campana en el ring de la vida / Diario de una rata soldado



El invierno de nuestro descontento se ha engullido agosto. Se acaba la leña en la mayoría de las casas. El drama es buscar quien la venda, quien la transporte, que esté medianamente seca, y sobre todo que el metro de leña sea efectivamente un metro. Pero nunca sucede. La mayoría engaña. La plusvalía del timo se superpone hasta en un kilo de zanahorias. Sigo sumando letras, respirando vida cotidiana, lo que es parecido a vivir en un ring sin campana. Se suman contiendas. Sueles ganar por puntos. A veces te derriban con una pateadura en tu talón de Aquiles, en uno de los tantos, porque eres vulnerable, sentimental, te importan hasta los mirlos, los patos río arriba, el cangrejo seco sobre la piedra asoleada.

A veces me parece asombroso que estas manchitas negras signifiquen algo. Y ni siquiera con un vino mediante. Asombroso como el envejecimiento de mi mirada en los ventanales sucios. Me duele la época, la única de la que puedo testificar. Tenemos todo el conocimiento para ascender a dioses, para comer y vivir en armonía, para deleitarnos con la cultura universal que ha sumado infinidad de paraísos, milagros humanos, mentes que ofrendaron su lucidez, su generosidad, su bendita locura. Tenemos tanto para vivir en un comunismo perfecto, y sin embargo seguimos siendo ratas, quizá cada vez peores. Ratas asquerosas, ratas enfiestadas, ratas malévolas empujando la marcha mundial hacia el definitivo desbarranco.  
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